Caín no pertenecía a ninguna pandilla, no formaba parte de una familia disfuncional ni había sido víctima de violencia intrafamiliar. Tampoco había sido diagnosticado clínicamente con ningún trastorno mental ni había sido bombardeado toda su vida de imágenes violentas o sangrientas por la televisión o los videojuegos. De acuerdo con la historia bíblica, Caín tampoco había tenido problemas de adaptación social al haber sido víctima del continuo maltrato de sus compañeros de aula mientras crecía ni había sufrido de ningún tipo de abuso físico ni verbal por parte de terceros. Nadie había prometido, tampoco, ninguna remuneración a Caín por matar a Abel. Todo lo anterior hubiese sido imposible, pues según el relato él fue el primer descendiente de la primera pareja de la humanidad. De hecho, según afirma el libro de Génesis, él y su hermano Abel fueron el tercer y cuarto hombre en habitar la tierra. Caín mató a su hermano, y cometió así el primer homicidio registrado en la historia, por mera envidia y no como consecuencia de ninguno de los posibles catalizadores antes mencionados.

Todos los días y en todo el mundo un padre mata a su hijo, el hijo mata a su padre, un enemigo mata a su enemigo, un vecino mata a su vecino, un extraño mata a otro extraño o un hermano mata a su hermano. Aunque la lista de posibles combinaciones parece interminable, desde el inicio de los tiempos la historia termina siempre de la misma manera: un humano mata a otro ser humano. Pese a que los móviles o motivaciones implícitas y las herramientas e instrumentos para perfeccionar los crímenes han sido distintos, un factor permanece siempre constante: es del corazón del hombre de donde nace el deseo de dolosamente arrebatar la vida de uno de sus semejantes. Así, sin importar el estrato social al que se pertenezca, la capacidad mental con la que se cuente o la interacción social que se haya tenido, seguimos desvalorizando nuestras propias vidas y decidiendo privar a otros de la misma.

Los gobiernos han tipificado al homicidio como una conducta delictiva que debe ser penalizada severamente en la mayoría de circunstancias. De igual forma, diversas políticas públicas se han enfocado tanto en la erradicación de la violencia existente como en la prevención de la misma. Sin embargo, con o sin intervención estatal, y con o sin tregua, las personas siguen siendo víctimas de homicidios diariamente. Y es que el problema principal, en mi humilde opinión, no se encuentra tanto en el ambiente exterior en el que se viva o en la clase de relaciones que se posea. Sin duda, pese a que estos factores son de vital importancia para nuestra formación, no son siempre determinantes ni vinculantes a la hora de nuestra toma de decisiones. El problema, entonces, se encuentra realmente dentro de nosotros mismos, dentro de nuestros corazones. Caín mató a su hermano, por ejemplo, por un arrebato de ira causado por envidia, un motivo que nuestro ordenamiento jurídico calificaría como fútil, es decir, de poco aprecio o importancia. La misma clase de móvil que hizo, hace más de un año, a un hombre atacar a tiros a su vecino al discutir con este por un parqueo en nuestro país…

¿Por qué no logramos vivir en paz? ¿Por qué continuamos destruyéndonos a nosotros mismos? Sin duda, la mente humana continúa siendo investigada y diversas ciencias analizan a profundidad los fenómenos delictivos, su origen y sus razones. En esta columna no es mi propósito sentar la última postura con respecto a este complejo tema, ya expertos criminólogos se dedican a tiempo completo en estudiar las causas del crimen en general. Sin embargo, creo con firmeza que desde donde estamos parados podemos abonar a la construcción de una sociedad más pacífica formando parte de diferentes iglesias u ONGs que luchan, tanto por atacar las causas de la violencia externamente, como internamente. De igual forma, aprendiendo a conocernos a nosotros mismos, nuestros límites, nuestras luchas y nuestras flaquezas a fin de trabajar por mejorarnos nosotros mismos. Acertadamente afirma el proverbio, “más vale dominarse a sí mismo que conquistar ciudades“.

Sofia-Fratti

 ”El primer homicidio en la historia”

Por: Sofía Vega Fratti (@sofia_fratti)

Estudiante de Ciencias Jurídicas y Columnista de Xpressate.net

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